

Uno de mis sueños se hizo realidad. Aprovechando mis vacaciones de octubre viajé a Chachapoyas, en el nororiente peruano. En realidad viajé a Mito, mi tierra natal a una hora de la capital amazonense acompañado de Diego, mi pequeño hijo de 4 años. Luego de unos días de estancia en mi pueblo, junto a mis padres y luego de disfrutar algunas cabalgatas y visitar las chacras me propuse emprender la aventura de conocer la bella e impresionante catarata de Gogta, ubicada en la provincia de Bongará.
Partí de Mito a Chachapoyas un viernes por la tarde, acompañado de mi papá Raúl. Caminamos hasta La Colpa por la "Fila" o "Filada". Lo hicimos en una hora, todo de bajada, con la mochila al hombro. Pude recordar aquellos años que bajaba y subía los fines de semana, cuando estudiaba la secundaria en Chachapoyas. Una combi nos llevó a la ciudad.
Al día siguiente, muy temprano, emprendimos la marcha en dos motos, con mi hermano Roger y mi cuñado Henry.
Tras el bello paisaje a orillas del Utcubamba llegamos a Cocachimba. Algunas delegaciones de estudiantes y turistas extranjeros ya nos habían adelantado. Luego de charlar con el encargado de recibir a los visitantes - quien por cierto conocía a algunos de mis familiares- y pagar nuestro boleto, iniciamos la caminata. Parecía cerca. La catarata se ve desde el pueblo y se supone que es fácil llegar, pues sólo son 5 kilómetros y algo más. No contábamos que el camino no era para nada fácil: subidas, bajadas, entradas y salidas en medio de una espesa selva nos esperaba. La ruta nos tomó cerca de dos horas, estábamos muy cansados, exhaustos, pero emocionados al ver tanta belleza indescriptible. Bajo la caída de agua, uno puede imaginar muchas cosas, pero se puede disfrutar del rocío helado que te baña a decenas de metros. Es casi imposible llegar hasta el centro mismo. Los que desean darse un chapuzón lo hacen varios metros abajo.
La experiencia fue mayor cuando logré ver por primera vez al elegante gallito de las rocas. Eran dos y estaban enfrascados en una tremenda bronca en la espesura del bosque. Dicen que hay que ser muy afortunados para cruzarnos con ellos. Gritan de manera espectacular y son mas grandes de lo que yo imaginaba.
Al retorno tomamos huarapo en el tambo de un lugareño que está haciendo un negocio redondo con el jugo de la caña fermentada que es muy solicitado por los aventureros, en cualquiera de sus presentaciones: fresca o fuerte. Supuse que caminaba como antes, pero me equivoqué. Cómo me agitaba y se rendían mis piernas en las subidas. Algunas estudiantes me pasaban como si nada.
Ya en Cocachimba buscamos almuerzo, pero nada de nada. El hambre apremiaba y la lluvia que nos acompañó de regreso continuaba. Era sábado y la mayoría de lugareños es adventista y estaban en el templo. Para poder comer, dicen que había que hacer el pedido en la mañana.
Volvimos a Chachapoyas, en algunos tramos soportando una fuerte lluvia. Un caldo de pollo caliente cerró una aventura que valió la pena emprender.

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