
Estuve en Kuélap hace 23 años. Llegué a esta espectacular Fortaleza en viaje de promoción en diciembre de 1987. Impresionante la ciudadela de los Chachapoyas, mis ancestros, por su puesto. No sólo por estar ubicada en lo alto de una montaña, sino por la experiencia de haber llegado caminando desde el desaparecido Tingo a orillas del Utcubamba.
A las cuatro de la mañana, los integrantes de la promoción 87 del Colegio Nacional San Juan de La Libertad de Chachpoyas, la cual integraba como alumno del Quinto D, nos concentramos en la plazuela de Burgos, donde abordamos un camión 300 y una camioneta, íbamos en la tolva, éramos unos 100, tal vez un poco más. Llegamos al Tingo antes que amanezca. Hasta aquí en carro, luego teníamos que caminar porque la carretera hasta arriba era aún trocha.
Cuatro compañeros, con los primeros rayos del día, decidimos iniciar la subida del empinado cerro. Decían que la ruta toma tres horas a buen ritmo. Mientras ascendíamos nos dábamos cuenta que los pueblos del frente, que las veíamos arriba, iban quedando abajo, cada vez más abajo. Teníamos 16 años en promedio y literalmente corríamos como si estaríamos compitiendo. El sol aún no calentaba, tampoco había amenaza de lluvia, parecía un día perfecto y así fue. Llegar hasta la Kuélap nos tomó apenas una hora con 45 minutos, con reloj en mano. Fue un récord. Hasta hoy guardo aquella imagen, desde que vi el muro de piedras desde lejos. A medida que íbamos acercándonos crecía. En realidad tiene más de 10 metros de altura, tal vez más. Es impresionante.
Valió la pena caminar a largos trancos y de subida, estábamos bañados en sudor, pero no nos importó. El viento fresco y los tímidos rayos del sol hicieron sentirnos bien. Lo curioso fue que no podíamos entrar a recorrer la ciudadela porque el profesor no llegaba para presentar el permiso respectivo. Tuvimos que esperar hasta el medio día. Lo hicimos desayunando en uno de los escasos restaurantes: un café caliente con dos panes grandes de maíz fueron suficientes para recuperar fuerzas. El pollo guisado del friambre fue para más tarde. Cerca del medio día ingresamos e hicimos el recorrido.
Luego de una hora y algo más de recorrido salimos para almorzar y tomar algunas bebidas -algunos compañeros llevaron aguardiente- para pasarla bien, pues eran nuestros últimos días en el colegio. Se imaginan lo que representa beber aguardiente puro a más de tres mil metros de altura, escuchando a Los Prisioneros -que estaban de moda por esos tiempos- para luego bajar unas dos horas a pie por un camino angosto y pedregoso. El mismo grupo que subimos iniciamos el descenso, fue rápido, no sé cuánto tiempo nos tomó, pero ya estábamos en el Tingo, los demás también iban llegando. Aprovechamos para nadar en río.
Lo bueno vino después, porque visitamos las cantinas en busca de chicha de jora. Teníamos sed y secamos las chicherías. Los que tenían dinero prefirieron tomar cerveza. La tarde caía y llegaron el camión y la camioneta, había que retornar a Chachapoyas. Fue un día intenso, inolvidable, de esos que nunca volverán. Personalmente, pudo haber sido una historia completa. Lo cierto es que no supe qué hacer cuando una compañera a quien sólo conocía de vista -creo que era del Quinto B- desde el desayuno, durante el recorrido en Kuélap y el retorno, se mostraba muy atenta. Me invitaba caramelos, me conversaba, me buscaba con la miraba y sonreía con sus amigas. Cuando llegamos a la ciudad me pidió que le ayudara con su equipaje. Lo ayudé. Fue lo único que hice, supongo por mi timidez que hasta hoy me acompaña.

No hay comentarios:
Publicar un comentario