Herzon Pinedo Chuqui

domingo, 16 de mayo de 2010

MI MITO QUERIDO


Pronto retornaré a mi tierra. Esta vez quiero mojarme con las lluvias, quiero sentir los vientos huracanados enfriar mis orejas hasta que duelan como cuando era niño y tapado con mi plástico soportaba las fuertes lluvias en las alturas. Quiero saciar mi sed con aquella agua fresca, deliciosa, casi dulce, incomparable, que cae a gotas del pajonal entre las frescas hierbas hacia el camino cuando iba a Toclón.

Quiero dormir en la jalca, escuchar el croar del sapito martillero, el cantar de las aves nocturnas como las ababas o el codo codo. A pesar que las leyendas dicen que son de mal aguero, las quiero escuchar. Quiero sentir lo placentero de ver una noche estrellada, a veces silenciosa y negra, misteriosa. Quisiera ir más lejos y adentrarme en la montaña y pernoctar en medio de la espesa selva en una pequeña cabaña de cuatro calaminas, y ver en la noche saltar de rama en rama aquellos traviesos monos que de día jamás se dejan ver.

Pronto volveré a mi Mito querido. Esta vez comeré aquellos platos que tanto extraño. Quiero saborear un caldito de murmachca o un sipra caldo con sus papas chauchas sancochadas. Como añoro los choclos asados con su cayhuita con sal en la chacra a la hora del almuerzo. El rico ucho de papas con motepelado, los locros o sopas en sus diversas formas, presentaciones y sabores. Se me hace agua la boca.

Ahora montaré a caballo, iré a las chacras y lampearé hasta que se me ampollen las manos como en aquellas vacaciones del colegio, cuando en enero, febrero y marzo, volvía de Chachapoyas -aunque regresaba todos los fines de semana- para ayudar a mi padre. Esta vez no flojearé, trabajeré. No me pondré a mirar si llega o no el almuerzo, no estaré atento a la Chaca Chaca para ver si ya es hora de regresar. No me alegraré si empieza a llover para guarecer en la cueva o choza. Esta vez intentaré trabajar más y sentir el olor de la chacra, de aquella tierra colorada de mi Chiña o la tierra negra de Vanos.

Entre Chiña, Vanos y Toclón pasé mis años maravillosos, deshierbando el maíz o las papas, o limpiando pasto. Mudando la yunta o llevando a los caballos. Hasta hoy siento las caídas de mis caballos, más recuerdo aquella del caballo moro, el que asustado por una perdíz dio un quite a todo galope que me sacó despedido hacia el arenoso camino, dejando mi rostro hecho una llaga. No supe qué hacer aquella vez que volví a casa y me acosté en mi cuarto. Mis padres me esperaban preocupados, ingresaron a mi habitación y me encontraron dormido.

Pero bueno, hace muchos años que no limplio pasto. Quiero decir sacar los arbustos para que puedan crecer el huacacho, el trebol, el siso u otros pastos que son la delicia de los animales. Hablo como si tuviera ganados, pero me gustaría tener y pasar mis días cuidándolos, dándoles sal, agua y buena hierba.

Mi querido Mito está a hora y media de Chachapoyas en carro, a 2 mil 600 metros de altitud, con su clima fresco, con sus bosques de eucaliptos que chillan y parecen caerse con los vientos, con sus grandes huertas de maizales, con sus chacras de papas camino a las alturas, con sus jalcas y pajonales, con sus potreros, con su Quichanos, su Topia, su Choquia, su Tiñon, su Chaquil, cuidadelas de los antiguos Sachapuyos. Me imagino subiendo la cuesta de Cuecón, la montaña de Yacñau, de Cashurco, de Solmal. Como no recordar la veces que me bañé en el río de Chaquil, en sus dormidas aguas diáfanas y frescas a tres mil metros de altura.

Tantos recuerdos, tantas vivencias que las quisiera volver a vivir de nuevo como mis largas caminatas de Chachapoyas a mi pueblo los fines de semana después del colegio. Cuando me metía al río Sonche, cuando tumbaba a pedradas las chirimoyas, las naranajas o limones. Pero esta vez, también quisiera ir a pie por Taquia para ver a mi tierra desde Tamiapampa, para refrescarme en Upaponcho, aquel pequeño río donde me llevaba mi madre a lavar la ropa. A este río que iba religiosamente mi abuela Rosa para bañarse, ella decía que era su medicina, que se sentía bien, que no le dolían los huesos cuando se bañaba en sus aguas.

Lo cierto es que le hacía feliz esa aguita que cae de la montaña. Eso era, a mí también me hacía feliz y lo extraño al igual que a mi Mito. Pronto, muy pronto recorreré sus caminos con sus subidas, bajadas y laderas. Me pondré mi poncho y mi gorra.

domingo, 9 de mayo de 2010

YO ESTUVE EN KUÉLAP


Estuve en Kuélap hace 23 años. Llegué a esta espectacular Fortaleza en viaje de promoción en diciembre de 1987. Impresionante la ciudadela de los Chachapoyas, mis ancestros, por su puesto. No sólo por estar ubicada en lo alto de una montaña, sino por la experiencia de haber llegado caminando desde el desaparecido Tingo a orillas del Utcubamba.

A las cuatro de la mañana, los integrantes de la promoción 87 del Colegio Nacional San Juan de La Libertad de Chachpoyas, la cual integraba como alumno del Quinto D, nos concentramos en la plazuela de Burgos, donde abordamos un camión 300 y una camioneta, íbamos en la tolva, éramos unos 100, tal vez un poco más. Llegamos al Tingo antes que amanezca. Hasta aquí en carro, luego teníamos que caminar porque la carretera hasta arriba era aún trocha.

Cuatro compañeros, con los primeros rayos del día, decidimos iniciar la subida del empinado cerro. Decían que la ruta toma tres horas a buen ritmo. Mientras ascendíamos nos dábamos cuenta que los pueblos del frente, que las veíamos arriba, iban quedando abajo, cada vez más abajo. Teníamos 16 años en promedio y literalmente corríamos como si estaríamos compitiendo. El sol aún no calentaba, tampoco había amenaza de lluvia, parecía un día perfecto y así fue. Llegar hasta la Kuélap nos tomó apenas una hora con 45 minutos, con reloj en mano. Fue un récord. Hasta hoy guardo aquella imagen, desde que vi el muro de piedras desde lejos. A medida que íbamos acercándonos crecía. En realidad tiene más de 10 metros de altura, tal vez más. Es impresionante.

Valió la pena caminar a largos trancos y de subida, estábamos bañados en sudor, pero no nos importó. El viento fresco y los tímidos rayos del sol hicieron sentirnos bien. Lo curioso fue que no podíamos entrar a recorrer la ciudadela porque el profesor no llegaba para presentar el permiso respectivo. Tuvimos que esperar hasta el medio día. Lo hicimos desayunando en uno de los escasos restaurantes: un café caliente con dos panes grandes de maíz fueron suficientes para recuperar fuerzas. El pollo guisado del friambre fue para más tarde. Cerca del medio día ingresamos e hicimos el recorrido.

Luego de una hora y algo más de recorrido salimos para almorzar y tomar algunas bebidas -algunos compañeros llevaron aguardiente- para pasarla bien, pues eran nuestros últimos días en el colegio. Se imaginan lo que representa beber aguardiente puro a más de tres mil metros de altura, escuchando a Los Prisioneros -que estaban de moda por esos tiempos- para luego bajar unas dos horas a pie por un camino angosto y pedregoso. El mismo grupo que subimos iniciamos el descenso, fue rápido, no sé cuánto tiempo nos tomó, pero ya estábamos en el Tingo, los demás también iban llegando. Aprovechamos para nadar en río.

Lo bueno vino después, porque visitamos las cantinas en busca de chicha de jora. Teníamos sed y secamos las chicherías. Los que tenían dinero prefirieron tomar cerveza. La tarde caía y llegaron el camión y la camioneta, había que retornar a Chachapoyas. Fue un día intenso, inolvidable, de esos que nunca volverán. Personalmente, pudo haber sido una historia completa. Lo cierto es que no supe qué hacer cuando una compañera a quien sólo conocía de vista -creo que era del Quinto B- desde el desayuno, durante el recorrido en Kuélap y el retorno, se mostraba muy atenta. Me invitaba caramelos, me conversaba, me buscaba con la miraba y sonreía con sus amigas. Cuando llegamos a la ciudad me pidió que le ayudara con su equipaje. Lo ayudé. Fue lo único que hice, supongo por mi timidez que hasta hoy me acompaña.